Ni expatriados ni inmigrantes, refugiados

¿Cuáles son tus sensaciones cuando te dicen que tendrás que trabajar con un mexicano? ¿Y con un estadounidense? ¿Con un argentino? ¿Con un boliviano? Seguramente cientos de imágenes se te cruzarán por tu cabeza en cuestiones de milésimas de segundos. Algunas de estas imágenes serán positivas, otras no tanto. La pregunta es, ¿por qué aparecen? Muy simple, nuestro cerebro necesita imperiosamente catalogar estas personas para saber qué esperar y cómo reaccionar. Dependiendo de la imagen que surja, seguirá alguna conclusión: “mmm… desconfía”, “Oh no! Justo a mí!”, y si eres de mente un poco más abierta, “Mirá vos, qué interesante”. Ahora bien, ¿qué sensaciones te pasan por la cabeza cuando te dicen que tendrás que trabajar con un refugiado?

Independientemente del país de procedencia de los refugiados, apuesto que las imágenes que surgen en nuestras cabezas ante el término “refugiados”, no serán tan positivas… ¿Me equivoco? ¿Qué tiene la palabra “refugiados” que nos genera tantas connotaciones negativas? Claramente no es un expatriado… ni siquiera lo catalogamos en el grupo de los inmigrantes, aunque técnicamente también lo sean. Más allá del origen de estas connotaciones, ¿qué les parece si nos informamos un poco sobre los refugiados? Quizás de esta manera, podemos percibirlos de una manera un poco más positiva y hasta descubramos algunas oportunidades ocultas.

Campo de refugiadosDe acuerdo con la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados, un refugiado es una persona que “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país. También se considera que una persona es refugiada cuando ha huido de su país porque su vida, seguridad o libertad han sido amenazadas por la violencia generalizada, la agresión extranjera, los conflictos internos, la violación masiva de derechos humanos u otras circunstancias que hayan perturbado gravemente el orden público”. Está claro que ser refugiado no es una situación deseable, y bajo ninguna circunstancia nos gustaría estar en tal condición. ¿Por qué no darles una mano entonces?

La práctica de conceder asilo a personas que huyen de la persecución en tierras extranjeras es uno de los primeros hitos de la civilización. Referencias a ella se han encontrado en los textos escritos hace 3.500 años, durante el florecimiento de los grandes imperios a principios del Oriente Medio tales como los hititas, babilonios, asirios y los egipcios antiguos. Más de tres mil años después, la protección de los refugiados se hizo el mandato principal de la agencia de refugiados de la ONU, ACNUR, que fue creada para ocuparse de los refugiados, especialmente de los que esperaban para regresar a casa al final de la Segunda Guerra Mundial.

América Latina mantiene la tradición de ser una de las pioneras en el derecho de asilo internacional.  Hoy en día, el desplazamiento de personas sigue a la orden del día. Las últimas cifras muestran un panorama de 4,3 millones de desplazados en 2012, lo que supone un aumento desde 2009, cuando ACNUR contó 3,7 millones.

Es nuestro deber desmitificar la palabra “refugiados”, porque si la desnudamos, nos queda el ser humano, una persona proveniente de otra cultura con mucho entusiasmo de formar una nueva vida en su país anfitrión y con muchas ganas de trabajar. Una persona con diferentes perspectivas y enfoque sobre las cosas, por ende, con un enorme potencial de beneficiar a cualquier organización con su diversidad.

¿Qué puedes hacer tú y tu organización para ayudar a un refugiado?

Nota: ICEBERG Inteligencia Cultural está trabajando en conjunto con ACNUR y la Comisión Nacional para los Refugiados (CONARE) de Argentina para facilitar la integración cultural de los refugiados en Argentina y ayudarles a prosperar, no solo a sobrevivir.

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