Es tiempo de “normalizar” la diferencia

“¡Eso no es normal!”, me dijo una vez un amigo. Esta frase aparentemente inocente y muy común en las conversaciones cotidianas, tiene connotaciones mucho más profundas de lo que podemos imaginar. ¿Acaso mi amigo me estaba diciendo que era un “anormal” por no comportarme de acuerdo a lo que él consideraba “normal”? Me imagino que a nadie le gusta ser calificado como alguien “anormal”. Luego de varios años de lecturas sobre interculturalidad, comprendí todas las ramificaciones del concepto de normalidad, y cómo está asociado al “privilegio”. En definitiva, ¿qué es normal en esta vida? ¿Quién define lo que es normal? ¿Qué sucede con aquellas personas que no encajan en el concepto de lo que es normal?

 

Lo “normal” en sí no Es tiempo de normalizar la diferencia existe. Es más una construcción hecha en base a creencias dominantes que luchan entre sí en cada sociedad, y que van variando a lo largo del tiempo. 80 años atrás no era “normal” que las mujeres votaran por ejemplo. Lo normal suele alinearse con lo más habitual o convencional, al promedio o a la mayoría. Sin embargo, su aplicación está más relacionada con el poder que con el número de personas que estén incluidas en ese “normal”. Hoy, por ejemplo, no es normal ver a un mestizo en los carteles publicitarios de moda que abundan en las carreteras de Perú. Sin embargo, los mestizos e indígenas constituyen la amplia mayoría de los habitantes del país.

 

Ahora bien, ¿cuáles son los grupos alineados a la norma imperante que se benefician de ventajas no ganadas, es decir, privilegios hoy en día? El paradigma de normalidad actual sostiene y privilegia a los hombres, blancos, adultos, con educación formal y recursos económicos, católicos, heterosexuales y sin ninguna discapacidad evidente. Veamos un ejemplo: en términos de orientación sexual, hoy lo considerado “normal” es ser heterosexual. Aquellas personas que encajen en esta norma tienen el privilegio, por ejemplo, de demostrar su amor libremente de manera pública sin temor a ser perseguidos, escrachados o encarcelados. Por otro lado, la norma implícita en muchas empresas es que el liderazgo debe estar en manos de hombres. Una mujer como directora general de una empresa es algo raro, infrecuente, “anormal”.

 

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Aquellas personas y grupos que no “encajan” dentro del concepto de normal, son sujetos de discriminación y desigualdad en la sociedad. La normalidad genera un efecto de asimilación encubierto, como por ejemplo, homosexuales ocultando su orientación sexual para parecer más “normales”, personas de color negro utilizando cremas de piel para blanquecerlas, etc. Todo lo que no está alineado con lo que es considerado “normal”, por contraposición, es “anormal”, o en otras palabras, “raro”, “inferior”, “peligroso”, y por ende está mal. Y si se resiste a alinearse con la norma imperante, es objeto de discriminación.

Inclusión y diversidad
Publicidad de una crema para blanquear la piel en India

 

Una acción fundamental a favor de la equidad es la de cuestionar las definiciones dominantes de normalidad, o en otras palabras, “normalizar” lo diferente. Cuando la diferencia es aceptada como algo normal, los privilegios de algunos grupos empiezan a desaparecer, contribuyendo a generar una sociedad más equitativa. Lo mismo sucede a nivel organizacional. Cuando una empresa empieza a promover una mayor inclusión de la diferencia, las personas comienzan a sentirse más libres, comprometidas y productivas.

 

¿Cómo puedes contribuir a normalizar a la diferencia en tu contexto personal y profesional?

 

Sobre el autor:

Marcelo Baudino - 2

Por Marcelo Baudino
Director de Iceberg Inteligencia Cultural

Linkedin: https://ar.linkedin.com/in/marcelobaudino

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