Y tú, ¿eres un hombre de verdad?

Recuerdo mi infancia. Jugábamos incansablemente con mis hermanos y mis primos. Corríamos por toda la casa, llenos de vida, sentir y muchas emociones. Y como suele suceder, en algún momento alguien terminaba irritado, lastimándose, envuelto en una peleíta y/o llorando. Y entonces venían de los adultos palabras como: Los hombres no lloran”, “hazte varón” “mijo, compórtese como un hombre de verdad, “¿te golpeó? ¿Y te dejaste? ¡Dale más fuerte, tienes que aprender a pelear!”. Eran palabras dirigidas a mis primos y hermanos, hombres por supuesto.

En las reflexiones acerca de mi identidad, me he preguntado, qué significa ser colombiana, ser rola, ser mujer, ser hija, ser madre, etc. Cada una de estas preguntas me ha llevado por caminos totalmente impensados y desafiantes, pero definitivamente liberadores. En mis relaciones con hombres, empezando por mi papá, luego hermanos, pareja, amigos y colegas de trabajo, también me he preguntado, ¿qué significa ser hombre? ¿Qué significa para ellos ser hombre?

Desde chica empecé a viajar por el mundo. A estar lejos de casa y de mi familia por mucho tiempo. Lo “normal”, cuando ibas al aeropuerto, era que tu familia y amigos más cercanos, estuvieran allí, despidiéndote, sintiendo contigo las emociones encontradas que estas despedidas generan. En varios años de despedidas en el aeropuerto, recuerdo a mis amigos, y a mi mamá, pero no a mi papá. Simplemente no estaba, siempre habías excusas. Para ese entonces era solo una decepción más. Un día, conversando con mi mamá sobre cómo este hecho me hacia sentir y lo que me hacía pensar (nada positivo desde luego), mi mamá me explicó que, para mi papá era tan difícil verme partir cada vez, que simplemente le resultaba imposible poder estar allí. Recuerdo mi cara de confusión en ese momento, pues para nada era lo que yo interpretaba.

Ser hombre, entre otras cosas, implica no dejarse sentir, y si lo sientes, ¡que nadie te vea! No mostraste sensible ni vulnerable. ¿Melancolía, tristeza? “Noooo… eso es cosa de mujeres”. El modelo tradicional de masculinidad, es decir; el conjunto de valores, ideas y actitudes que históricamente, han determinado cómo debe ser un hombre, niega y censura todos los valores asociados a lo femenino, como la emocionalidad o la sensibilidad. De hecho, esta es una de las razones por las cuales 1 de cada 3 niños sufren bullying y acoso escolar en el mundo.

Según esta “masculinidad tradicional”, el hombre debe ser siempre fuerte y no puede permitirse la debilidad, ni ante otras personas ni ante sí mismo. El hombre también representa la autoridad, tanto en lo público como en lo privado. “Los hombres son los que toman las decisiones” es parte de la construcción inconsciente que todas las personas tenemos.

 

 

Por otro lado, se supone que la función tradicional de un hombre en la familia es la de proteger y ser el proveedor material. Este último punto es muy interesante, porque hace que la identidad masculina esté íntimamente ligada a su rol productivo, el de quien tiene un trabajo remunerado que provee un salario que garantiza la seguridad material de la familia. El valor emocional que asignan los hombres al trabajo va mucho más allá de su valor, porque no solamente es una fuente de recursos económicos, sino que forma parte de su identidad. Recuerdo una conversación que tuve con una mujer que estaba iniciando su jubilación. Hablábamos de todos los proyectos y actividades que ella quería para esa nueva etapa de su vida, y al mismo tiempo, me compartía como ella percibía que para su esposo, estaba siendo difícil encontrar una identidad o sentido para su vida, al no trabajar.

Hace un tiempo, la periodista y columnista británica Caitlin Moran inició un debate en redes sociales luego de preguntar por Twitter a sus seguidores sobre las dificultades de ser hombre: «Siempre hablamos de cuáles son las desventajas de ser mujer, pero ¿qué está pasando con ustedes, muchachos?». Las respuestas giraban en torno a un mismo eje: la dificultad que tienen muchos para hablar de lo que sienten, y lo solitario y frustrante que puede ser vivir bajo los preceptos de una masculinidad inculcada.

«No poder hablar de nuestros sentimientos y hasta ser considerados “poco hombre” por usar una bufanda»

«Dejé mi doctorado porque me generaba un estrés insostenible, pero cuando me juntaba con mis amigos de lo único que hablaba era del mundial de fútbol. Creo que me habrían apoyado si les contaba lo que estaba sintiendo, pero no lo pude hacer»

 

¿Hay masculinidades tóxicas? ¡Definitivamente! De hecho, hasta ahora solo hemos hablado de una masculinidad que es tóxica. Veamos por qué:

La masculinidad tóxica se define como un conjunto de comportamientos, ideas y construcciones que giran en torno a la regla implícita de que no eres un verdadero hombre si no cumples con estos mandatos. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) en su nuevo informe «Masculinidades y salud en la Región de las Américas» afirma que la masculinidad tóxica contribuye a que los hombres representen las mayores tasas de muerte por suicidio, homicidio, adicciones y accidentes de tránsito, así como de enfermedades no transmisibles en el mundo. Además, los hombres viven 5,8 años menos que las mujeres. Todo esto es debido a la presión física y psicológica que genera una masculinidad tóxica: la dificultad para poder expresar emociones negativas como la tristeza, la angustia o el no saber qué hacer, la dificultad para poder canalizar dichas emociones a través del llanto, no poder mostrarse vulnerables y sinceros en una conversación, negarse a solicitar ayuda para acompañar procesos personales internos.

La masculinidad tóxica limita en los hombres la capacidad emocional y sentimental: En general, los hombres han sido poco entrenados en la gestión de sus emociones, de hecho, han sido entrenados para bloquear la expresión de las emociones negativas a excepción del enojo o la ira. Esto tiene efectos en cómo se relacionan con sí mismos y con los demás. Esa coraza impuesta suele esconder fragilidad e inseguridad internas, lo que dificulta la comunicación con quienes sí tienen desarrollado su mundo afectivo (la mayoría de las mujeres y muchos de los hombres que se alejan de los valores de la masculinidad tradicional). La incapacidad de identificar sentimientos y gestionar emociones lleva muchas veces a los hombres a establecer relaciones más superficiales que profundas. Curiosamente, esta es la razón por la cual suelen tener menos conflictos interpersonales que las mujeres, ya que su involucramiento emocional suele ser mucho menor y menos profundo, lo que a su vez aumenta sus posibilidades de sentirse solos. Al mismo tiempo, esa falta de entrenamiento en identificar emociones y gestionarlas lleva a la naturalización de la agresividad y la violencia como formas de expresión de las emociones. Aquellos sentimientos que son prohibidos o sancionados porque son incompatibles con ser “un hombre de verdad” (miedo, frustración…etc.), se reconvierten en sentimientos de ira.

Por otra parte, la falta de autocuidado e incluso el descuido de su propia salud física y mental, es algo que también refuerza la masculinidad tóxica y que sin duda tiene un impacto en el bienestar de los hombres. El cuidado es una responsabilidad atribuida históricamente a las mujeres, y un valor negado a “los hombres de verdad”. Dentro de la masculinidad tradicional, los hombres no son responsables ni de su autocuidado ni del cuidado de otras personas. Respecto al autocuidado, los hombres asignan esa responsabilidad a las mujeres de su entorno -madres, hermanas, amigas, parejas-, que son quienes velan por el bienestar tanto físico como emocional de ellos.

La buena noticia, es que la masculinidad tóxica puede deconstruirse. Tanto mujeres como varones necesitamos hacerlo. El primer paso es preguntarnos ¿Qué significa para mi ser hombre? ¿Qué me permite hacer o no hacer esa definición que tengo de hombre? ¿Cómo me limita? Hazte estas preguntas, y luego déjate llevar por los caminos que tu proceso de deconstrucción y de encontrar lo que realmente significa ser tú, te lleve.

 

 

Sobre la autora:

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Shirley Saenz

Consultora y facilitadora experta en interculturalidad, diversidad e inclusión a nivel organizacional en América Latina. Expert Panelist de los Global Diversity and Inclusion Benchmarks (GDIB). Profesora de Cross-Cultural Management en el MBA del Online Business School (OBS) y la Universitat de Barcelona. Co-fundadora de SIETAR Argentina (Society for Intercultural Education, Training and Research). Socia y directora de Iceberg Cultures of Inclusion.

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